Maratónica experiencia

Me paro en la línea de salida de un maratón. Inhalo. Exhalo. Inhalo. Exhalo. Mi corazón late rápidamente. Las piernas se mueven sin cesar. El entusiasmo de la gente se contagia. Intento concentrarme aun con la emoción que me tiene poseída.

En esos momentos, pasan por mi mente los meses de madrugar, las corridas largas, los entrenamientos de intervalos, las easy runs, mis músculos adoloridos, esos masajes que se sentían como una tortura y las batallas mentales constantes... También pienso en cómo tengo pensado correr, mi pace, la ruta que ya estudié; me concentro en los tiempos en los que debo comer para mantener óptimo mi nivel de energía.

¿Qué se necesita para correr un maratón? Compromiso, disciplina, sacrificio, un plan, un deseo, un sueño, determinación, mente fuerte. ¿Suerte? No.

¿Qué es correr un maratón? Es resistir, insistir, decidir, avanzar, carácter, disciplina, no rendirse, incomodarse, dominar la cabeza, cumplirte, no negociar la llegada a la meta, enfoque, resiliencia, condición, esfuerzo, aguante, sufrir, disfrutar, pelear, tenacidad.

¿Por qué corro un maratón? Por la medalla. Por el plátano. Por la selfie en la meta.

Respuesta seria: no por batir mis tiempos pasados (aunque sí lo hago que mejor), pero por el sentimiento de saber que pude cumplir una difícil tarea; por el orgullo de saberme lo suficientemente fuerte de sobreponerme cuando la motivación tambaleaba, cuando era difícil apagar las dudas; por esa creencia/confianza que construí cada vez que terminaba un duro entrenamiento.

Cada entrenamiento construyó en mí algo más grande y más fuerte que la condición necesaria para correr la distancia.

Un maratón te prueba, te aplasta, te cambia. No creo que alguien se atreva a decir que hay algo fácil en terminar un maratón. El corredor de élite, el debutante o el que lo ha hecho varias veces, todos tenemos que recorrer la misma distancia, 42.195 kilómetros, una distancia que impone respeto.

Al inicio todo es emoción, la adrenalina empieza a fluir. Las piernas empiezan a moverse, a calentar. Los corredores te desean una buen carrera, hay euforia. Y poco a poco, metro a metro empiezas a agarrar ritmo.

Y así, viendo el paisaje, viendo a otros corredores e imaginando sus historias; viendo el reloj, avanzas. Sintiendo el aire, viviendo ese gran momento del aquí y el ahora, de “estoy corriendo un maratón” la mente empieza a contar, a hacer cálculos, a imaginar escenarios, a cantar, a reflexionar...

Así como se dice que todos llevamos un niño dentro; los corredores tenemos un “antimaratonista” dentro, un cínico, un incrédulo que nos cuestiona constantemente. Esa vocecita que te dice “es muy difícil, para, descansa”. Y no es fácil ignorarla, porque insiste, penetra tus defensas; pero es aquí donde el entrenamiento y la mente fuerte entran en acción, porque el maratón no tiene piedad, no tiene compasión. Todo empieza a doler, las piernas pesan.  

Y en esta lucha, de pronto estás cerca de la meta y te percatas que vas a terminar un maratón. Y empieza a clarearse la incertidumbre; las dudas se disipan y la emoción empieza a efervescer en todo el cuerpo.

Y eso que pensabas difícil por no decir imposible, está a tu alcance. Y surgen tantas sensaciones que no puedes describir. Cruzar la meta de un maratón te transforma, descubres emociones intensas, inolvidables, inexistentes hasta este momento. Y cuando esa medalla es colocada en tu cuello, ves la realidad: eres maratonista…

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Un largo viaje